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La espiritualidad de Gaudí, JAVIER BARRAYCOA.

febrero 2, 2008

No se sabe a ciencia cierta cuándo se convirtió Gaudí. Algunos de sus críticos afirman que el arquitecto fue, en su ancianidad, un hombre «obsesionado con el pecado». En realidad, nuestro arquitecto, con los años fue madurando su fe, hasta tal punto que era consciente del gran drama que vivía la humanidad y que el único impedimento para alcanza la gloria eterna era el pecado. Esta transformación vital tuvo, esto sí, un claro punto de inflexión.

El joven Gaudí, como decíamos, tuvo sus tentaciones «mundanas» en la ropa de moda y la buena mesa. Se prodigó en los espectáculos de la ciudad, acudiendo periódicamente al Liceo, y parecía muy cómodo alternando con la burguesía barcelonesa. Sin embargo, providencialmente, tuvo encuentros que cambiaron su vida. Uno de ellos fue con Torras y Bages, que le fue introduciendo en las devociones y espiritualidad populares. Gaudí llegó a participar intensamente en la Lliga d’Espiritualitat de la Mare de Déu Montserrat, fundada por Torras y Bages, obispo de Vic. Sin embargo, el punto de inflexión en su vida fue la Cuaresma posterior a la aceptación del proyecto de la Sagrada Familia. Quiso prepararse de tal forma que acometió un estrictísimo ayuno penitencial. Agotadas las fuerzas, quedó postrado en sudomicilio de la calle Diputación, hasta tal punto que sus amigos creyeron perderle. Varios amigos acudieron a su casa para convercerle que dejara el ayuno, pero todo fue en vano. Sólo la intervención de Torras y Bages, el domingo de Ramos, logró sacarle de su trance. Más tarde, nuestro arquitecto confesaba que había querido seguir el consejo de Fray Angélico: «Quien desee pintar a Cristo sólo tiene un camino: vivir con Cristo». Igual que los pintores de iconos se preparan con ayuno y oración, así Gaudí quiso prepararse para la magna obra que ocuparía toda su vida: la Sagrada Familia.

Desde aquel episodio ascético, empezó a vivir plenamente el ideal evangélico. Abandonó la buena vida, el vestir a la moda, el coche (desde entonces iba a pie a todas partes), los restaurantes de gourmets, y el afán de riquezas y prestigio. Fue poco a poco transformándose en el hombre que recorría Barcelona meditabundo y pobremente vestido. Más de una vez, llegó a ser confundido con un pobre. En una ocasión, un día de lluvia, mientras esperaba con una amigo cobijado bajo un balcón, recibió una limosna de dos pesetas. A su amigo le comentó: «¡Qué hermosa es la generosidad! Posteriormente depositó las dos monedas como donativo para la Sagrada Familia. De hecho, destinaba el sueldo de otras obras para el templo y, por supuesto, había renunciado a cobrar como arquitecto de la Sagrada Familia. Igualmente, al ser atropellado por un tranvía, hecho que le causaría la muerte, fue confundido con un vagabundo, a causa de su forma de vestir. Cuentan que ni siquiera llevaba cinturón, sino un humilde cordel en su lugar. Lo que muchos críticos consideraban un excentricismo, no era ni más ni menos que la vivencia de la «pobreza evangélica».

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